La huelga general de 1926: diez días que no lograron conmover al mundo

La traducción al español del siguiente artículo ha sido realizada por los compañeros del Colectivo Obrero Comunista, con quienes mantenemos una relación de diálogo, a quienes agradecemos su excelente traducción

A cien años de distancia, la huelga general de 1926 sigue siendo un acontecimiento mítico —en contraste con los niveles relativamente bajos de lucha de clases en las últimas décadas, muchos hoy la contemplan con las gafas de color de rosa de una nostalgia fuera de lugar. Considerado el conflicto industrial más grande de la historia de Gran Bretaña, duró solo diez días (nueve si se cuenta a partir del 4 de mayo) antes de ser cancelado por la dirección sindical. Comprender las lecciones de 1926 implica entender por qué concluyó de la manera en que lo hizo: con esperanzas frustradas y sin lograr cumplir sus objetivos.

La Gran Bretaña de la posguerra

«Nos dijeron que esta era ‘la guerra que acabaría con todas las guerras’, y al menos algunos de nosotros lo creímos. Puede sonar extraordinariamente ingenuo, pero creo que uno necesitaba creerlo. Todo el barro, la sangre y la bestialidad solo tenían sentido bajo el supuesto de que era la última vez que el hombre civilizado tendría que sufrir algo así. No podía creer que nadie que hubiera pasado por aquello pudiera permitir que volviera a ocurrir. Pensaba que el hombre común de ambos bandos se levantaría como uno solo y le daría una patada en los dientes a cualquier político que siquiera mencionara la posibilidad de una guerra».

Teniente John Nettleton, Brigada de Fusileros, citado en: Peter Hart, 1918: A Very British Victory, 2009

Cuatro años de guerra generalizada dejaron profundas cicatrices en la sociedad europea. Las revoluciones derribaron los imperios ruso y alemán, se formaron nuevos estados independientes, las fronteras cambiaron repetidamente y surgieron nuevos conflictos territoriales. Gran Bretaña, el estado capitalista más antiguo, logró evitar parte de la agitación que se vivió en el continente y, a pesar del Levantamiento de Pascua en Irlanda y del movimiento autonomista (Home Rule) en la India, preservó en gran medida su imperio en el extranjero.

No obstante, se produjeron grandes cambios en la sociedad británica. La guerra frenó la creciente ola de huelgas obreras que caracterizó el período de la Gran Protesta Social (Great Unrest).1 La economía británica se reorientó hacia la producción bélica y el patriotismo se convirtió en el deber cívico más elevado. La acción industrial en las industrias de guerra fue declarada ilegal por la Ley de Defensa del Reino de 1914 (Defence of the Realm Act 1914), que también otorgaba al gobierno el poder de procesar a cualquiera que se considerara que ponía en peligro el esfuerzo bélico (no obstante, las huelgas siguieron produciéndose, al igual que otras luchas sociales, por ejemplo contra el aumento de los alquileres o la resistencia al servicio militar obligatorio). Se exacerbaron las tendencias hacia una mayor intervención estatal en la economía y se fortalecieron los vínculos entre los sindicatos y el estado. Con la movilización de los hombres, la escasez de mano de obra se cubrió integrando a las mujeres en la fuerza laboral a una escala sin precedentes.

La firma del Tratado de Versalles significó en apariencia un retorno a la normalidad. Sin embargo, la clase gobernante británica reconoció que las cosas no podían seguir como estaban, y menos con la amenaza de la revolución sobre Europa tras los acontecimientos de octubre de 1917. Con ese fin, se prometió a los soldados desmovilizados «una tierra digna de héroes». Al extender el derecho al voto a todos los hombres mayores de 21 años y a todas las mujeres mayores de 30, el gobierno esperaba hacer sentir a los trabajadores que tenían algo que perder en el sistema. La introducción de algunas políticas básicas de seguro y bienestar social pretendía aliviar la pobreza y facilitar la inserción de las personas en el mercado laboral. Sin embargo, esto no fue suficiente. Muchos soldados encontraron al regresar desempleo, falta de vivienda e inflación. La economía británica tardó en readaptarse a las realidades de la posguerra y, mientras tanto, se esperaba que los trabajadores asumieran los costes. No sorprende, pues, que estallaran importantes luchas obreras primero en 1919 y nuevamente en 1921. Los mineros desempeñaron un papel clave en ellas y fue su disputa la que precipitó la huelga general de 1926.

Los mineros

Debido a la guerra, el gobierno comenzó a tomar posesión de las minas hacia finales de 1916, para asegurarse de que pudieran suministrar suficiente energía al país. A los mineros se les concedieron aumentos salariales para evitar huelgas y mantener la mano de obra (muchos se alistaban para escapar de las terribles condiciones de trabajo). Con el fin de la guerra, la demanda de carbón cayó bruscamente. Es más, según el Tratado de Versalles, los aliados obligaron a Alemania a pagar reparaciones, que incluían provisiones de carbón. Los mercados europeos se inundaron y, como resultado, el precio del carbón se desplomó. Esto tuvo un efecto perjudicial para la industria hullera del Reino Unido: inevitablemente, los ataques a las condiciones laborales de los mineros se vieron como la solución. En marzo de 1921, las minas regresaron a sus propietarios privados, quienes inmediatamente impusieron salarios más bajos y jornadas más largas a los mineros. Los mineros que se negaron a aceptar las nuevas condiciones sufrieron cierres patronales (lock-outs) que duraron tres meses. Y entonces, el 15 de abril de 1921, los sindicatos ferroviarios y de transportes se negaron a apoyar a los mineros, rompiendo así la llamada «Triple Alianza» establecida entre esos sindicatos en 1914. Reflejando el sombrío ambiente de traición, ese día pasó a llamarse «Viernes Negro». Los mineros fueron prácticamente forzados por el hambre a regresar al trabajo; pero lo peor estaba por llegar.

La decisión del entonces Canciller de Hacienda (Chancellor of the Exchequer), Churchill, de regresar al patrón oro en 1925, después de que este se hubiera abandonado al comienzo de la guerra, provocó una mayor apreciación de la libra y volvió a perjudicar la exportación de carbón y acero. Así que, en lugar de cualquier prosperidad de posguerra, en junio de 1925 se anunciaron nuevos recortes salariales para los mineros. A diferencia de cuatro años antes, esta vez la respuesta de los demás sindicatos fue más proactiva. Para evitar la posibilidad de una huelga general a corto plazo, el gobierno concedió un subsidio para aplazar los recortes salariales en las minas. Sin embargo, todas las partes entendieron que era una medida temporal, que solo retrasaba lo inevitable. Mientras los líderes sindicales vacilaban, la clase gobernante aprovechó esta oportunidad para reunir fuerzas. La policía, el ejército y la marina se pusieron en alerta, y la derechista Organización para el Mantenimiento de los Suministros (OMS) fue absorbida por el gobierno para reunir voluntarios para el esquirolaje (provenientes principalmente de las capas medias: diversos profesionales, oficiales del ejército retirados, jóvenes que trabajaban en finanzas y estudiantes universitarios).

Finalmente, el 10 de marzo de 1926, una comisión real nombrada por Stanley Baldwin, entonces Primer Ministro conservador, recomendó poner fin al subsidio y aplicar recortes salariales del 13,5%. Las negociaciones con el sindicato se rompieron el 1 de mayo, y los patronos volvieron a cerrar las minas a los mineros. El Congreso de Sindicatos Británicos (Trades Union Congress, TUC), que asumió la responsabilidad de dirigir el conflicto por los mineros, quería evitar una huelga general e intentó reanudar las conversaciones, pero sus opciones eran cada vez más limitadas y, finalmente, se anunció una «acción industrial coordinada» en apoyo de los mineros que comenzaría el 3 de mayo.»

La huelga general

«La huelga general es un desafío al parlamento y es el camino hacia la anarquía y la ruina.»

Baldwin, British Gazette, 6 de mayo de 1926

El 3 de mayo, a un minuto para la medianoche, la huelga general comenzó oficialmente. La convocatoria resultó popular, y entre 1,5 y 2 millones de trabajadores se unieron a los mineros. La mayoría de ellos pertenecían al transporte, la industria pesada, el sector energético, así como a la imprenta y la construcción, pero el TUC (Congreso de Sindicatos Británicos) los hizo salir en oleadas escalonadas. Como resultado, el transporte público quedó prácticamente paralizado y los periódicos nacionales no pudieron imprimirse (el gobierno tuvo que transmitir la mayoría de sus anuncios por radio). Con el fin de mantener el control sobre el movimiento que se había desatado, el Consejo General del TUC estableció subcomités para dirigir la huelga de manera centralizada (que finalmente confluyeron en el Comité de Organización de la Huelga encabezado por Ernest Bevin, del Partido Laborista). Sin embargo, fueron los Consejos Sindicales (Trades Councils) existentes o los emergentes Consejos de Acción (Councils of Action) los que realmente organizaron las cosas sobre el terreno. La distinción entre estos organismos no siempre fue clara:

«El organismo de control en cada ciudad recibía diversos nombres. A menudo, el consejo sindical se transformaba en un consejo de acción (en Ilford, un «comité de acción»), y un comité de huelga central o conjunto a veces trabajaba en armonía (o no) con él. En Basingstoke había un comité de vigilancia; en otros lugares, solía haber comités de huelga separados para cada industria, que a veces no aceptaban ningún tipo de control conjunto. … Estos comités o consejos mantuvieron un carácter local y no estaban federados ni controlados regionalmente, excepto en Merseyside, Dartford (un consejo divisional) y en Northumberland y Durham (un consejo general).»

Raymond Postgate, The Workers’ History of the Great Strike, 1927

El funcionamiento de estos Consejos de Acción, esencialmente comités de huelga, distó de ser fluido. Aunque algunos ya se habían formado a finales de 1925, la mayoría solo entró en existencia después de que la huelga hubiera comenzado. Algunos competían entre sí y otros solo representaban los intereses estrechos de un sindicato concreto. Y, aunque no siempre se siguieron todas las directrices centrales, nunca se liberaron por completo de la asfixiante influencia del TUC. Pero en su mejor momento, permitieron la coordinación de la huelga más allá de las divisiones sectoriales y gremiales, produjeron sus propios boletines de huelga, organizaron piquetes masivos, proporcionaron comedores para los huelguistas y sus familias, y en algunas ciudades incluso lograron imponer cierto control sobre la circulación de personas y mercancías.

A medida que la huelga avanzaba, se produjeron enfrentamientos en todo el país. Los trabajadores intentaron detener físicamente el tráfico y tuvieron altercados con los esquiroles. La policía intentó dispersar los piquetes por la fuerza, asaltó las sedes de sindicatos y partidos políticos, y arrestó a trabajadores por tan solo distribuir un boletín de huelga. Hubo actos de sabotaje para impedir que circularan trenes o autobuses. Algunos Consejos de Acción formaron sus propios Cuerpos de Defensa Obrera y Cuerpos Especiales de Piquetes para mantener el orden.

El 6 de mayo, Baldwin declaró que «el gobierno constitucional está siendo atacado» por los sindicatos. Al día siguiente, el gobierno informó a las fuerzas armadas de que cualquier acción que emprendieran para «ayudar al poder civil» contaría con su pleno apoyo. El TUC respondió aclarando que no «busca sustituir al gobierno inconstitucional», ni «desea socavar nuestras instituciones parlamentarias». A pesar de todas estas amenazas e intimidaciones, el movimiento huelguístico no hacía más que fortalecerse. La OMS, encargada de conseguir voluntarios y vista por algunos como una tropa de asalto «fascista», tampoco pudo neutralizarlo: la mayoría de los voluntarios carecían de la experiencia necesaria para desempeñar adecuadamente los trabajos de los huelguistas y, por supuesto, ni siquiera se planteaba que ellos bajaran a las minas.

Sin embargo, el 12 de mayo, el Consejo General del TUC se reunió con el gobierno en Downing Street y —sin consultar a los trabajadores en huelga, sin garantías de ningún acuerdo para los mineros, ni asegurar que no hubiera represalias— los dirigentes sindicales cancelaron repentinamente la huelga. Esta decisión fue recibida inicialmente con incredulidad y confusión. El Workers’ Chronicle, editado por el Newcastle Trades Council of Action, no escatimó en palabras: «Nunca en la historia de la lucha de la clase obrera —con la excepción de la traición de nuestros líderes en 1914— ha habido una traición tan calculada de los intereses de la clase obrera como la que nos ha sobrevenido esta semana».2 El 13 de mayo se sumaron más trabajadores a la huelga que en ningún día anterior, lo que demostraba que aún existía un verdadero apetito por la lucha. Pero el movimiento no continuó más allá de ese día, ya que los sindicatos y el estado, mano a mano, lograron que los trabajadores regresaran a sus puestos.

Los mineros, ahora solos, siguieron negándose a aceptar los recortes salariales y permanecieron encerrados (locked-out) hasta noviembre. Aunque se crearon fondos de ayuda locales y se recibieron algunas donaciones de la URSS, el hambre y la pobreza finalmente los obligaron a rendirse.

«Durante todo ese tiempo, hasta noviembre, era una jarra de sopa al día; dos veces recibimos dos chelines y seis peniques del dinero que enviaron los rusos, y una o dos veces nos pagaron ocho chelines por turno por palear goma de carbón que se permitía a los hospitales usar como combustible. Y eso fue todo. Yo vivía en una pensión que costaba 2 libras a la semana y tuve que devolver cada penique después. Si estabas casado era peor; tenías que vender tus muebles; si te daban ayuda de la parroquia, te decían: ‘No necesitas esa alfombra; ¿para qué quieres esas cortinas elegantes?'»

John Campbell, minero escocés, citado en: R.A. Leeson, Strike: A Live History, 1973

La derrota de la huelga también tuvo consecuencias más amplias. La afiliación sindical cayó y se instaló un ambiente de letargo. Los defensores del sistema capitalista, incluidos los de izquierda, estaban eufóricos y pensaban que sería el clavo en el ataúd de la idea de que la acción huelguística pudiera lograr algo. Y para cimentar su victoria, el gobierno aprobó la Ley de Conflictos Laborales y Sindicatos de 1927 (Trade Disputes and Trade Unions Act 1927), que prohibía las huelgas de solidaridad y restringía los piquetes masivos (fue derogada en 1946 pero resucitada más tarde bajo Thatcher).

Los actores políticos

El Partido Laborista (Labour Party) se fundó en 1900, en una conferencia patrocinada por el TUC, como un comité de representación política de los sindicatos en el Parlamento. En 1926, ya había tenido su primera experiencia en el gobierno con el breve mandato de Ramsay MacDonald en 1924 (cuando perdió una moción de censura, Baldwin regresó al poder). Aunque se aferraba a la retórica socialista, MacDonald reveló rápidamente en qué lado de la guerra de clases estaba: su gobierno se negó a respaldar a los trabajadores ferroviarios en su conflicto y luego invocó la Ley de Poderes de Emergencia de 1920 (Emergency Powers Act 1920) en respuesta a las huelgas en los muelles y el metro de Londres. No sorprende, pues, que los trabajadores no pudieran contar con el Laborismo, el partido de la izquierda capitalista, para que tomara su posición en 1926. También existía el Partido Laborista Independiente (Independent Labour Party, ILP), aparentemente de carácter más socialista pero esencialmente un grupo de presión dentro del Laborismo, con miembros que tenían doble militancia (hasta la cúpula: el propio MacDonald pertenecía al ILP). Así, aunque el ILP expresó su apoyo a la huelga, abogó por una política de moderación y no presentó ninguna estrategia revolucionaria.

Los trabajadores con una mentalidad más combativa podían recurrir al Partido Comunista de Gran Bretaña (Communist Party of Great Britain, CPGB), que en los meses previos a la huelga se tomó más en serio la necesidad de una preparación práctica de la lucha. De hecho, este proceso de radicalización fue anticipado tanto por el Partido Laborista (que excluyó preventivamente a los miembros del CPGB de sus filas) como por el gobierno conservador (que hizo arrestar preventivamente a miembros destacados del CPGB).

En 1924, el CPGB creó el Movimiento de la Minoría Nacional (National Minority Movement), encabezado por Tom Mann, para ampliar su influencia entre la clase obrera y los sindicatos. Fue esta organización la que tomó la iniciativa de crear los Consejos de Acción —aunque la dirección del CPGB advirtió que «no debería haber ningún organismo rival al Consejo Sindical (Trades Council)».3 Y esto es lo que caracterizó las perspectivas contradictorias del CPGB: por un lado, el partido abogaba por extender la huelga y convertirla en un poderoso instrumento de lucha; por otro lado, el partido hizo todo lo posible por encadenar el movimiento dentro de los límites del oficialista «Movimiento Obrero». Las razones de ello se remontan al fallido proceso de formación del CPGB en 1920 y a las directrices políticas que llegaban desde Moscú. Debido al fracaso de la oleada revolucionaria en Europa y al aislamiento de la URSS, la Tercera Internacional imponía cada vez más a sus partidos comunistas afiliados políticas que tendían a la apaciguamiento con el mundo capitalista en lugar de la revolución mundial; en el Reino Unido, esto se reflejó, por ejemplo, en la formación del Comité Anglo-Ruso en 1925, esencialmente un intento de «frente único» entre la burocracia de los sindicatos británicos y soviéticos. Así pues, a pesar de que muchos miembros del CPGB desempeñaron un papel significativo en el movimiento, el partido en su conjunto no logró servir como un punto de referencia revolucionario fiable.

La política del «frente único» encerró al CPGB en un tratamiento de la dirección del TUC y del Partido Laborista como posibles aliados. Cuando la huelga general terminó en derrota, hubo algunas disputas internas en el partido sobre si había hecho lo suficiente para denunciar la «traición» del Consejo General del TUC, pero el problema iba más allá. El CPGB no comprendía fundamentalmente el papel estructural que desempeñaba el TUC como órgano de mediación entre trabajadores y patronos. Los líderes del TUC no «traicionaron» a los trabajadores, sino que cumplieron la función que siempre se suponía que debían cumplir. El CPGB limitó su análisis a un fracaso del liderazgo:

«Esta huelga no fue quebrantada por el poder de la clase capitalista, sino por el fracaso de la dirección de derechas. El fracaso de la dirección de derechas no es un fracaso temporal de valor o de juicio, sino un fracaso de toda la política que han seguido.»

Comité Ejecutivo del CPGB, «Why the Strike Failed», Workers’ Weekly, 4 de junio de 1926

Por supuesto, el sentimiento que se expresa aquí es que los comunistas deberían haber estado en posiciones de liderazgo en su lugar. Pero los peligros de esto ya eran evidentes unos años antes: en 1921, Robert Williams, presidente de la Federación Nacional de Trabajadores del Transporte (National Transport Workers’ Federation), quien tomó la infame decisión de no apoyar a los mineros en el «Viernes Negro», era en realidad miembro del CPGB. Fue expulsado del partido por ello y se reincorporó al Partido Laborista; sin embargo, episodios como ese deberían haber planteado cuestiones políticas más amplias sobre si es el comunista quien cambia la dirección de la burocracia sindical, o si es la burocracia sindical quien cambia al comunista. Como si esto fuera poco, para desafiar a la «dirección de derechas», el CPGB exigía… ¡más poder para el Consejo General del TUC y un mayor enredo en el ya comprometido Partido Laborista!

«Una campaña de reorganización sindical4 _para lograr un sindicalismo del cien por cien5, la concesión de mayores poderes al Consejo General,6_ el fortalecimiento de los centros locales de solidaridad obrera mediante la creación de comités de fábrica y consejos sindicales más poderosos. … El desarrollo de una política y un liderazgo de izquierdas dentro del Partido Laborista, en torno a un programa de reivindicaciones de la clase obrera que desafíe al capitalismo de manera fundamental, y la coordinación de la actividad parlamentaria con el movimiento de masas en la calle.»

Comité Ejecutivo del CPGB, «Why the Strike Failed», Workers’ Weekly, 4 de junio de 1926

En otras palabras, en 1926 los trabajadores combativos carecían de una organización política independiente del Partido Laborista y de sus sindicatos. Grupos como el Partido Socialista Laborista (Socialist Labour Party, SLP), el Partido Socialista de Gran Bretaña (Socialist Party of Great Britain, SPGB), el Partido Comunista Obrero de Sylvia Pankhurst (Communist Workers’ Party, CWP), o la Federación Comunista Antiparlamentaria de Guy Aldred (Anti-Parliamentary Communist Federation, APCF), se habían disuelto para entonces, habían quedado reducidos a una existencia local testimonial, o no lograron realizar una intervención significativa en el movimiento. La APCF contrarrestó acertadamente la consigna del CPGB de «Todo el Poder al Consejo General» con «NINGÚN Poder al Consejo General» y «TODO el PODER para los trabajadores a través de sus Comités de Huelga y Asambleas Masivas»7 —sin embargo, el número especial del periódico en el que se presentaron estas consignas se publicó cuatro días después de que la huelga ya hubiera sido cancelada. El SPGB también comentó la huelga después de que terminara, resumiendo que la principal lección era «Confía y serás traicionado» y que «los mismos ‘líderes’ fueron investidos de poder, y actuaron en la misma línea que antes»8, pero no propuso ningún curso de acción alternativo que los trabajadores pudieran seguir en su lucha.

Las lecciones

«Mientras duró, eso sí, fue bueno; una forma de vida organizada, basada en no trabajar. Fue tan provechoso como un curso universitario. Tuvimos oradores que vinieron, como Tommy Jackson, el conferencista marxista, y les conseguimos buenos auditorios. Auditorios atentos, de hecho, porque no teníamos adónde ir. Así que aprovechamos el tiempo para aprender; se puede aprender algo incluso de una derrota. Y hay que recordar que todas las grandes batallas de aquellos días fueron acciones de retaguardia que libramos y perdimos: 1921, 1925, 1926.»

John Collinson, minero de Durham, citado en: R.A. Leeson, Strike: A Live History, 1973

Desde 1926, gran parte de la izquierda británica no ha hecho más que repetir la línea del CPGB de que la derrota de la huelga general se debió a un fracaso del liderazgo. Y cada vez que hay algún indicio de aumento de la acción industrial, como más recientemente durante la oleada de huelgas de 2022/2023,9 se vuelven a escuchar las mismas peticiones de que el TUC declare una huelga general. En otras palabras, no se han aprendido las lecciones de 1926.

En contraste, hace cincuenta años, la recién fundada Organización Comunista de los Trabajadores (Communist Workers’ Organisation, CWO) escribió:

«Una lección valiosa que surgió de la huelga general fue la de mostrar con toda claridad la naturaleza de los sindicatos. Al criticar el papel de los sindicatos, debemos dejar muy claro que no es simplemente una cuestión de malos líderes, o líderes estúpidos o reaccionarios, sino que los propios sindicatos son parte integrante del estado capitalista. No buscamos reformar los sindicatos, sino abolirlos junto con todos los demás aspectos del capitalismo. Que los sindicatos estaban estrechamente vinculados al estado capitalista se hizo evidente para muchos en 1914, cuando se mantuvieron firmes en su apoyo a la guerra imperialista. Pero para muchos trabajadores, la comprensión del nuevo papel de los sindicatos como parte del estado no llegaría hasta la huelga general. … Para los sindicatos, la huelga general fue una ruptura con su papel anterior de parlamentarismo, una aventura desafortunada de tipo sindicalista que no debía repetirse. … Para la clase, la huelga general nunca puede ser el camino a seguir. Impuesta como es por los sindicatos que actúan para contener la lucha en favor del estado capitalista, solo refleja la debilidad y la desmoralización de una clase trabajadora derrotada. Hoy, mientras la clase trabajadora continúa luchando contra los ataques del capital, cualquier actividad de huelga generalizada no será el resultado de un llamamiento a la ‘acción’ por parte de los burócratas sindicales, sino la respuesta de la clase trabajadora para profundizar y generalizar su propio movimiento con el fin de llevarlo a un nivel superior. Sin embargo, esto no será una huelga general como la de 1926, sino una huelga de masas producida por la necesidad de unificar las luchas de la clase contra el estado.»

CWO, Workers’ Voice, n.º 18, abril/mayo de 1976

En 1926, tanto la clase gobernante como los falsos amigos del Partido Laborista y la burocracia sindical temían lo mismo: el poder organizado de la clase obrera. J. R. Clynes, miembro del Consejo General, lo dijo allí mismo en el congreso del TUC de 1925: «No temo a la clase capitalista. La única clase que temo es la nuestra».10

Hoy, igual que hace un siglo, es la tarea histórica de los trabajadores redescubrir ese poder que tiene el potencial de sacudir los cimientos del orden mundial capitalista y salvar a la humanidad de un futuro de guerras interminables, crisis económicas y destrucción del medio ambiente.

Dyjbas

Communist Workers’ Organisation

November 2025

Artículo original:

leftcom.org colectivoobrerocomunista.wordpress.com

Notas:

1The Great Unrest 1910-1914: When the Working Class Shook Britain’s Capitalist Foundations (leftcom.org)

2Consejo Sindical de Acción de Newcastle, Workers’ Chronicle, 14 de mayo de 1926

  1. T. Murphy, «Una situación peligrosa: confusión acerca de los Consejos de Acción», Workers’ Weekly, 16 de octubre de 1925

4The Great Unrest 1910-1914: When the Working Class Shook Britain’s Capitalist Foundations (leftcom.org)

5Consejo Sindical de Acción de Newcastle, Workers’ Chronicle, 14 de mayo de 1926

6J. T. Murphy, «Una situación peligrosa: confusión acerca de los Consejos de Acción», Workers’ Weekly, 16 de octubre de 1925

7*APCF,* The Commune Special Anti-Parliamentary Communist Gazette, 16 de mayo de 1926

8SPGB, «El resultado de ‘Confiar’: una lección de la Gran Huelga», Socialist Standard, junio de 1926

9Notes on the UK Strike Wave (leftcom.org)

10J. R. Clynes, citado en J. Klugmann, History of the Communist Party of Great Britain, Vol. 2, 1969

Wednesday, May 27, 2026