La crítica de Damen a las «cinco tesis» de Pannekoek

La Segunda Guerra Mundial terminó oficialmente en 1945. Pese a episodios de lucha de masas en unos pocos países, no se dio un movimiento generalizado de la clase obrera que pusiera fin a la guerra, como el de Rusia en 1917 y el de Alemania en 1918. La guerra solo terminó con la victoria total de un campo imperialista sobre otro (la «rendición incondicional»), que dio lugar a un nuevo orden mundial. Un orden mundial en el que los Estados capitalistas de Oriente y Occidente asumieron un papel cada vez más activo en la mediación de las relaciones entre las clases, integrando por completo a los partidos socialdemócratas y obreros de masas y a los sindicatos que decían representar los intereses de los trabajadores. Los revolucionarios que sobrevivieron a la guerra tuvieron que reexaminar los cambios en el terreno de la lucha y lo que estos significaban para la clase obrera y para la lucha por una nueva sociedad.

En ese contexto, Anton Pannekoek (1), figura clave de la izquierda comunista germano-holandesa, escribió sus Tesis sobre la lucha de la clase obrera contra el capitalismo. Este breve documento se publicó en mayo de 1947 en las páginas del Southern Advocate for Workers' Councils (2). Un año después, las tesis recibieron una respuesta crítica de Onorato Damen, representante de la Izquierda Comunista Italiana (3). La respuesta se publicó en Prometeo, la revista del Partido Comunista Internacionalista (PCInt) (4). Nos han preguntado por este intercambio, de modo que publicamos aquí, por primera vez en español, la crítica de Damen a las «cinco tesis» de Pannekoek, como ejemplo de los debates que tuvieron lugar en el seno de la Izquierda Comunista en su conjunto tras la Segunda Guerra Mundial.

Pannekoek reconocía que los partidos existirían como parte de la guerra de clases, pero les asignaba un papel meramente propagandístico y educativo. Ponía su fe en la «espontaneidad», expresada en las huelgas salvajes, los comités de huelga y los consejos obreros. Damen veía en esto una incomprensión del papel del partido y del modo en que se desarrolla la conciencia de clase. Para él, el partido de clase no es solo una organización de propaganda. Es un indicador del nivel de conciencia revolucionaria de la clase. «La clase da origen al partido como condición de su existencia». Sin embargo, ambos aprendieron de la contrarrevolución en la Rusia aislada que el poder de la clase no puede ser sustituido por el poder del partido. Como escribió Damen más tarde:Sería un error grave y peligroso para el futuro creer que, en el momento en que la clase obrera crea su partido, renuncia de algún modo, total o parcialmente, a los atributos que la hacen sepulturera del capitalismo, como si otros pudieran actuar en su lugar con la misma conciencia de la necesidad de luchar contra el enemigo de clase y de derrocarlo en la revolución. En ningún momento y por ningún motivo abandona el proletariado su papel combativo. No delega en otros su misión histórica y no cede el poder a nadie, ni siquiera a su partido político.-Plataforma de 1952 del Partido Comunista Internacionalista

El propio Pannekoek habría podido suscribir estas palabras. Por eso la crítica principal de Damen a los comunistas de consejos es que, si bien asimilaron algunas lecciones clave del ascenso revolucionario que siguió a la Primera Guerra Mundial, desde entonces se han desprendido políticamente de las luchas y las experiencias del proletariado. Sostiene que la actividad revolucionaria no puede reducirse a agitar consignas vacías «que nadie o casi nadie está dispuesto a ejecutar», y que un partido de clase debe reconstruirse en el «fuego de la lucha cotidiana».

Damen le pide cuentas a Pannekoek sobre la cuestión del abstencionismo y los consejos obreros. En primer lugar, no descarta del todo la posibilidad táctica de usar las elecciones como ocasión de agitación revolucionaria. En la práctica, el PCInt solo consideró que valía la pena hacerlo dos veces, en 1946 y 1948 (es decir, en el momento en que se escribió este artículo). No lo hizo para pedir votos, sino para llevar el mensaje internacionalista y antiparlamentario a un público más amplio y para revelar el papel contrarrevolucionario del estalinista Partido Comunista Italiano (PCI) (5). Como señalamos en la introducción a otra traducción de Damen publicada recientemente (en inglés):Como escribió Damen más tarde, era «probablemente la última vez» que se presentaría una oportunidad así, y en la era previa a internet (y a la televisión) las probabilidades no se acumulaban de manera tan abrumadora contra la táctica de usar el proceso electoral para hacer propaganda revolucionaria. Hoy, semejante participación tiene más probabilidades de fortalecer el poder ideológico del capital, dados los recursos financieros que los capitalistas entregan a los partidos dentro del sistema.-Democracia parlamentaria y fascismo: las dos caras de la burguesía

En su respuesta a Pannekoek, Damen muestra cómo el boicot a las elecciones se convierte en algo más que una consigna solo en los momentos álgidos de la lucha de clases, cuando existe realmente una alternativa a los parlamentos burgueses: los consejos obreros. En segundo lugar, Damen sostiene que estos consejos obreros no son una alternativa permanente a los sindicatos, porque en ausencia de las condiciones revolucionarias adecuadas pueden acabar cumpliendo las mismas funciones de mediación entre trabajo y capital que los sindicatos (hoy podríamos señalar como ejemplos de lo que ocurre cuando los consejos obreros son reconocidos por el Estado capitalista a Alemania en 1920, Yugoslavia en 1950 o Polonia en 1956) (6). Para superar la separación entre clase y partido, inevitable sobre todo en las fases de repliegue, Damen apunta a los grupos internacionalistas de fábrica (7). En los años cuarenta, el PCInt contaba con una red activa de tales organismos intermedios. Aunque también incitaban la lucha en el terreno económico, actuaban ante todo como un medio para ganar a los trabajadores para la causa revolucionaria. No asumían responsabilidades sindicales, sino que reagrupaban a los revolucionarios en el lugar de trabajo sobre una base política.

Hoy, tras cincuenta años de derrotas de clase, las minorías revolucionarias de todas partes se han visto reducidas a poco más que grupos de propaganda. Esto, sin embargo, exige más que nunca «reanudar y desarrollar, día a día, laboriosamente, los motivos concretos de su recuperación». Los síntomas de la marcha del capitalismo hacia la guerra, el nacionalismo, el militarismo, la represión y la austeridad, ya están provocando brotes aislados de resistencia de clase. Las minorías revolucionarias tienen que saber relacionarse de forma constructiva con las luchas que se desarrollan hoy, por limitadas que parezcan.

-Communist Workers' Organisation (CWO)

septiembre de 2025

Notas a la introducción

(1) Anton Pannekoek (1873-1960) fue, junto a figuras como Lenin, Luxemburgo o Bordiga, un representante del ala revolucionaria de la socialdemocracia. Junto a Herman Gorter (1864-1927) tuvo después un papel influyente en la fundación del Partido Comunista Obrero de Alemania (KAPD), pero tras los años veinte se retiró de la militancia política activa para consagrarse a su carrera de astrónomo. Siguió escribiendo para diversas revistas de la Izquierda Comunista Germano-Holandesa y en los años cuarenta estuvo vinculado, aunque nunca fue miembro, al grupo Communistenbond Spartacus de Holanda. Para más sobre Pannekoek, véase: leftcom.org

(2) El Southern Advocate for Workers' Councils fue una revista efímera publicada en Melbourne en los años cuarenta y editada por James Arthur Dawson (1889-1958). Antiguo militante de la Industrial Workers of the World (IWW) en Australia, Dawson fue aproximándose gradualmente a las posiciones de la izquierda comunista germano-holandesa. Ayudó a publicar en inglés el libro de Pannekoek Workers' Councils, pero en su revista también reprodujo artículos del PCInt y de otros grupos. Las tesis de Pannekoek de 1947 están disponibles aquí: marxists.org

(3) Onorato Damen (1893-1979) fue militante del Partido Comunista de Italia (PCd'I) y tuvo un papel clave en la lucha contra la toma del partido por los estalinistas. Permaneció en Italia y pasó muchos años en las cárceles fascistas, sin cesar por ello su actividad política, que desembocaría en la fundación del PCInt en 1943, en plena Segunda Guerra Mundial. El PCInt es hoy la sección italiana de la Tendencia Comunista Internacionalista (ICT). Para más sobre Damen, véase: leftcom.org

(4) Prometeo fue primero un periódico publicado en 1924 por la Izquierda Italiana bajo la dirección de Bordiga, continuado después, de 1928 a 1938, como órgano de la Fracción de la Izquierda Italiana en el Exilio. En 1943 fue la revista clandestina del PCInt, y tras la guerra se convirtió en la revista oficial del partido, que sigue publicándose con regularidad hasta el día de hoy. El artículo en cuestión se publicó en Prometeo 10 (I serie), junio-julio de 1948: leftcom.org

(5) Sobre el cómo y el porqué de la intervención del PCInt en aquellas elecciones, véase: leftcom.org

(6) En Alemania, la Betriebsrätegesetz (Ley de Consejos de Empresa) de 1920 institucionalizó y transformó los consejos obreros surgidos en la oleada revolucionaria de posguerra en consejos de empresa, organizaciones que representan a los trabajadores en las negociaciones colectivas a escala de taller. En Yugoslavia, la Zakon o samoupravljanju (Ley de Autogestión) de 1950 instauró consejos obreros bajo la máscara de la «autogestión socialista», que en la práctica funcionaban como organismos consultivos al servicio de la reconstrucción capitalista de posguerra y del aumento de la producción. En Polonia, la Ustawa o radach robotniczych (Ley sobre los consejos obreros) de 1956 se promulgó tras la aparición de consejos obreros durante las protestas de masas del Octubre polaco, con el fin de ponerlos bajo el control del Estado-partido y de sus sindicatos, para apartarlos rápidamente después.

(7) Hoy, frente a los cambios en la composición de la clase obrera en los últimos cincuenta años, solemos hablar de grupos «de lugar de trabajo» y no ya solo «de fábrica»: leftcom.org

Sobre las «cinco tesis» de Pannekoek

De Prometeo 10, I serie, junio-julio de 1948

Si la elaboración de un pensamiento crítico y una actitud firme y a veces burlona habían atraído nuestra atención y simpatía hacia el grupo de los «tribunistas» holandeses, hoy «comunistas de consejos», la lectura de las recientes «cinco tesis» del camarada A. Pannekoek nos hace sentir, con más fuerza y más amargura, la distancia que los separa de las posiciones originarias de este grupo que, al menos, tenían el atractivo de una audacia polémica, aunque ensombrecida por ese leve soplo de idealismo propio, por lo demás, de toda formulación de extremismo político.

Nos parece discernir en estas «cinco tesis» la fase conclusiva de todo un proceso involutivo del agrupamiento obrerista holandés, debido a su escasa adhesión a la línea clásica del marxismo revolucionario y a su vínculo insuficiente con las luchas y las experiencias del proletariado.

Añádase la constatación de que movimientos como el de los tribunistas o los comunistas de consejos pierden potencia de choque y prestigio cuanto más los obligan los acontecimientos a confiar únicamente en su propia luz interior. Queremos decir con ello que las posibilidades que habían demostrado poseer cuando estaban encuadrados en el poderoso conjunto de los partidos de la Internacional Comunista se han reducido a magnitudes de escasa relevancia cuando, cesado el malabarismo con las ideas, las teorías y los programas, estos movimientos se han visto sometidos a la dura tarea de confrontar con el curso de los acontecimientos su bagaje ideológico y crítico, y ciertos planteamientos tácticos suyos en la lucha del proletariado.

Hay, en suma, en las posiciones teóricas, en los estados de ánimo y en las actitudes de escuelas, grupos y revolucionarios aislados, en todos estos fragmentos sobrevividos al enorme desquicio abatido sobre el movimiento político del proletariado internacional con la victoria de la contrarrevolución en Rusia y la segunda guerra imperialista, hay, decíamos, una tendencia que ya no coincide con la línea tradicional del marxismo, desde el momento en que se intenta sustraerse, con rodeos y artificios de valor puramente subjetivo, a la dureza de la derrota sufrida, en lugar de someter esa misma derrota a un examen crítico a la luz de las posibilidades objetivas de la lucha del proletariado; se prefiere, en una palabra, al duro e inexorable método de extraer del interior, de la propia experiencia de clase, los motivos y los límites de la lucha proletaria, un operar más fácil en el exterior de esa experiencia, según esquemas ideales a los que elevar cada vez las necesidades y la acción de las masas, atribuyéndoles posibilidades y virtudes que las masas nunca han demostrado históricamente poseer por derecho propio.

Descarrilan así del marxismo tanto los teóricos y políticos de la espontaneidad mecanicista y del pesimismo de la espera, como los que creen en la mística de un obrerismo autosuficiente en el plano de la voluntad y de la concreción revolucionaria.

En esta racha de iconoclastia contra toda posición alcanzada por el movimiento proletario, contra ciertos puntos firmes adquiridos y contra las ideas convertidas en ejes de la revolución, que sin embargo una reciente e implacable verificación con los acontecimientos ha validado tanto en la doctrina como en la política, el grupo holandés de los Comunistas de Consejos es quizá el único que aparece todavía sujeto a las amarras de una continuidad de pensamiento, y es esta consideración la que nos ha llevado a examinar de cerca las tesis de Pannekoek. Tienen esto de característico: que reúnen en extraña síntesis las dos mayores desviaciones del marxismo; la de los teóricos y políticos de la espontaneidad y la del voluntarismo empirista de quienes atribuyen al hecho organizativo la virtud taumatúrgica de vencer al oportunismo.

Desde hace unos treinta años, la teoría del boicot al parlamento y a los sindicatos reaccionarios es un poco el motivo conductor de la polémica que ya enfrentó a Lenin con algunos grupos de izquierda de la Internacional (10), sin tener en cuenta aquí una actitud idéntica que antes de Lenin y contemporáneamente a él ha dado y sigue dando un rasgo característico a los seguidores del sindicalismo soreliano (11) y a los anarcosindicalistas.

¿Se puede acaso afirmar que los términos de la polémica encendida entonces entre los bolcheviques por una parte y los tribunistas holandeses y los obreristas alemanes por la otra, y más precisamente entre Lenin y Gorter-Pannekoek, sean los mismos que reaparecen hoy en la polémica entre nosotros y los comunistas de consejos? No parece.

Si los camaradas holandeses se han mantenido en general en sus posiciones teóricas y tácticas sin preguntarse si un solo episodio de la grande y dura experiencia que el proletariado internacional ha hecho en estos años ha dado o no validez histórica a su posición, esto es, sin preguntarse si el camino trazado y perseguido por ellos es realmente el bueno, el único que queda a los revolucionarios para ir más allá del capitalismo; nosotros, a los motivos polémicos de Lenin, que hoy sería absurdo retomar tal como fueron formulados en su «Extremismo», preferimos anteponer los resultados de una experiencia que tiene en cuenta críticamente todas las acumuladas en estas últimas décadas por el movimiento proletario.

Y esta experiencia, mientras advierte contra los fáciles extremismos individuales y de escuela que ejecutan virajes de noventa grados cuando los acontecimientos los colocan ante la responsabilidad de la dirección del partido revolucionario, y contra el dilettantismo de las consignas de boicot cuando las masas están objetivamente muy lejos de «sentir» la necesidad histórica de una acción semejante y falta por ello el órgano específico del boicot, niega asimismo consistencia de clase, posibilidad de desarrollo táctico y de fermento a la teoría tan cara a Lenin del parlamentarismo revolucionario. Hoy se somete a examen, con un sentido más realista y advertido, también la otra afirmación de Lenin, la de considerar la actividad de los comunistas en los parlamentos burgueses como una sección de trabajo, y más bien se tiende a poner decididamente el acento en la política de participación en determinadas batallas electorales. La sección de trabajo en el parlamento o es sinónimo de derrotismo revolucionario o no tiene sentido, dado que hoy no es concebible para el partido proletario una práctica parlamentaria normal; de otro lado, no sería en interés de la lucha revolucionaria cerrarle al partido la posibilidad táctica de operar en concreto como fuerza de derrotismo revolucionario a la Liebknecht (12) en los momentos de alta tensión histórica y de viraje hacia la guerra.

La táctica del doble despliegue, en el país y en el parlamento, tal como se realizó en Alemania en la época de los gobiernos de Turingia y Sajonia (13), no puede conducir en definitiva más que a Hitler, en ningún caso a la conquista revolucionaria del poder; se ha demostrado así el arma más eficaz del oportunismo, por lo que no se puede ni se debe permitir maniobrar dentro de una fortaleza burguesa, que eso es el parlamento, justo en el momento en que las masas proletarias presionan por todas partes y lo atacan de frente.

La táctica del doble despliegue se ha demostrado hasta aquí premisa del compromiso y jamás ha servido para dar empuje a la acción revolucionaria.

¿Y por qué poner el acento en la participación del partido revolucionario en esta o aquella batalla electoral, en todo caso nada revolucionaria?

La importancia táctica de esta participación debe entenderse en términos leninistas: (14) porque en ella participan activamente las masas, y participan bajo la guía de los partidos de la traición, que las controlan y las encarcelan con la sugestión de la conquista democrática del poder. Y mientras el capitalismo no esté a punto de estirar la pata, esa sugestión conservará su íntima razón de originalidad y de fuerza.

Las masas, por sí solas, no son capaces de formarse una conciencia antiparlamentaria, antielectoral y antimayoritaria, en una palabra, antidemocrática. Y aun cuando vayan a golpearse la cabeza contra una realidad que será la desmentida más abierta y descarada de todas las promesas del parlamentarismo, y sientan el escozor de la burla electoral, podrán darse por reacción estados de ánimo de desconfianza y de disgusto y casos individuales de aversión activa, pero si no hay una acción crítica de clase, avisada, constante y persuasiva, del partido proletario, el pasado enseña que todo quedará reducido una vez más a un momento de desorientación y de inerte desinterés, más o menos generalizado, que será inevitablemente absorbido por una nueva ola de euforia parlamentaria y electoralista, y así sucesivamente.

A los fines de la lucha revolucionaria, se plantea el problema de crear la conciencia de la fractura de clase en las masas corrompidas por la ideología del parlamentarismo democrático, para evitar que en la fase del ataque revolucionario sean una vez más atraídas, mediante la sugestión de un hipotético parlamentarismo revolucionario, hacia los bajíos del compromiso.

Pero no se crea la conciencia de la fractura si antes no se ha trabajado para que esta esté viva y operante entre las fuerzas físicas del proletariado, en el cotidiano conflicto de sus intereses. Y esto no por efecto de una repentina iluminación venida de fuera, del poder explosivo de la idea, sino solo en virtud de la acción que la vanguardia revolucionaria sea capaz de realizar en el plano del agrupamiento de las energías más sensibles y activas del proletariado y de la lucha política inspirada en las finalidades revolucionarias de la clase.

Solo se llegará al boicot del parlamento y del propio electoralismo cuando el curso de los acontecimientos haya creado históricamente el presupuesto de una conciencia traducible en voluntad de acción boicoteadora. El boicot, por ejemplo, del aparato industrial del capitalismo no habría pasado a la historia como método de lucha si no hubiera tenido la posibilidad práctica de traducirse, de un modo más o menos eficaz, en una acción efectiva contra la máquina. Lo mismo cabe decir del boicot a la guerra, como del boicot a las elecciones y al parlamento. Es reducirse al dilettantismo y a la táctica de la impotencia agitar en el vacío consignas que nadie, o casi nadie, está dispuesto a ejecutar cuando la situación objetiva empuja al proletariado a los brazos de los partidos del compromiso parlamentario.

No habría sido difícil en 1919 o 1920 realizar la política del boicot, cuando las masas estaban lanzadas más allá de las instituciones burguesas hacia realizaciones revolucionarias; en cambio, muy difícil es la táctica que permite al partido remontar lentamente la ola de reflujo del movimiento de clase y llegar con las masas a la situación del ataque revolucionario, a menos que se quiera hacer propia la teoría de quien se queda en posiciones de principio en una espera inerte, sin operar sobre la base de las posibilidades objetivas y sin volver a operar con el fin de preparar a los cuadros del partido de clase en el fuego de la lucha cotidiana.

Quien obrara de otro modo, tras los esquemas de un abstencionismo de principio, dejando que las masas, incluso las más vivas y sensibles, maduren por ley espontánea una conciencia abstencionista y boicoteadora propia, al margen de la lucha y de la participación activa incluso en ciertos carnavales electorales cargados de dinamismo político, que son el producto histórico de la praxis burguesa y cuya eficacia siempre debe medirse con el rasero de su renovada capacidad de atraer hacia sí al proletariado y doblegarlo a sus fines; quien rechazara esta forma de lucha no por una valoración política del interés de clase, sino por un sentido de asco moral y de malentendido esteticismo revolucionario, se mostraría ajeno al realismo revolucionario que debe caracterizar hoy la actividad de un partido proletario, obligado a batirse contra un adversario que no duda en alzar la bandera del socialismo y del comunismo para esconder mejor detrás de ella la extrema necesidad de defender su propio privilegio de clase. Y echaría inevitablemente agua al molino del «extremismo» de Lenin.

Solo así el partido de clase se convertirá en el efectivo órgano de dirección de las masas en el paso de la fase del parlamentarismo burgués a la dictadura del proletariado, maniobrando con las fuerzas de la revolución y no con el «bavardage» de un abstencionismo digno de codearse con aquello otro que ya ha pasado a la historia con el nombre de cretinismo parlamentario.

Por lo demás, el abstencionismo de principio no se justifica ni se sustancia tomando como base de su análisis crítico la constatación de que en la fase del capitalismo monopolista todo, desde la economía hasta las superestructuras sociales y políticas, tiende a la concentración, a la férrea autoridad desde arriba y a la violencia, para concluir de ahí que debe considerarse definitivamente cerrada la época del parlamentarismo y de las luchas electorales. Vivimos, es cierto, la época clásica de la dictadura: de la dictadura burguesa en la fase de extrema decadencia del capitalismo, y de la dictadura del proletariado, que ya está en las cosas y va traduciéndose lentamente en la conciencia del proletariado como momento esencial e indispensable para la construcción del socialismo. Pero ello no quita que el parlamentarismo siga jugando su papel nefasto y corruptor, entrelazándose con la dictadura u operando en función de ella; y se podría encontrar en ciertos datos objetivos del desarrollo desigual de los diversos sectores de las economías capitalistas la razón de la coexistencia de los dos métodos de conducción política y de su integración recíproca.

Si es señal de madurez revolucionaria saber someter al tamiz de la crítica las ideas y la conducta práctica de todo un período histórico, es deber de la izquierda italiana reexaminar a la luz de los acontecimientos más recientes la más vistosa, aunque no la más consistente, de sus posiciones teóricas y tácticas: la del abstencionismo, que la acción poderosa, totalitaria y fuertemente concentrada de la III Internacional no permitió que se tradujera en una experiencia política concreta.

Hay, en efecto, un lado fuerte, pero también uno débil, en las tesis sobre el abstencionismo que la izquierda italiana presentó al II Congreso de la Internacional Comunista. El lado fuerte consiste en la posición asumida de boicot al parlamento y a las elecciones, dado que esta táctica era la única posible en términos marxistas en la época histórica de la dictadura del proletariado y, más en particular, cuando el proletariado está lanzado por los acontecimientos a una acción cuyo fin inmediato es la conquista del poder; el lado débil consiste, en cambio, en no haber considerado la táctica del partido de la revolución ligada a las perspectivas de un repliegue de las masas proletarias, de una disminución de su conciencia unitaria de clase y de una menor capacidad de lucha.

Cuando la táctica del ataque frontal se considera inactual, el partido del proletariado debe saber adoptar la de la defensa activa, que le permite reanudar y desarrollar, día a día, laboriosamente, los motivos concretos de su recuperación.

La objetividad exige, sin embargo, reconocer a los comunistas de consejos, frente a los abstencionistas en general, un sentido más acentuado de concreción revolucionaria cuando ponen la organización de los consejos, o mejor dicho su existencia operante, en la base de la política de boicot al parlamentarismo burgués. Han comprendido, estos camaradas, que no se puede desplazar en el vacío el eje de la acción política basada en el boicot al parlamento.

Solo que la organización de los consejos no puede concebirse ni realizarse según los esquemas ideales y las exigencias tácticas y políticas de los comunistas holandeses, sino sobre la línea de desarrollo de un movimiento ascendente en vista del poder, impuesto a la lucha proletaria por el viraje revolucionario de la presente crisis del capitalismo.

Pensar en los Consejos como el organismo permanente de masa que oponer al sindicato reaccionario, hacia el que hoy afluyan todas las agitaciones espontáneas de los obreros, es pensar idealistamente, es operar fuera de tiempo.

Y sin embargo, la experiencia de los consejos es reciente, y bien caracterizados están los motivos que han hecho posible su afirmación y su desarrollo.La revolución de Febrero y la de Octubre de 1917 llevan a los Consejos a desarrollarse plenamente en escala nacional y, por tanto, a su victoria en la revolución proletaria, socialista. Y en menos de dos años se mostró el carácter internacional de los Consejos, la extensión de esta forma de lucha y de organización al movimiento obrero de todo el mundo, la función histórica de los Consejos, que es la de ser los sepultureros, los herederos, los sucesores del parlamentarismo burgués, de la democracia burguesa en general.-Lenin

Si en Alemania la organización de los consejos no llegó entonces a consumar su función histórica, ha demostrado de manera luminosa que fue posible porque germinó sobre el terreno incandescente del viraje revolucionario y del movimiento ofensivo de las grandes masas obreras. Por el contrario, y esto tiene valor de contraprueba histórica obtenida por vía indirecta, la segunda posguerra no ha visto la aparición de los consejos a despecho de la acción reaccionaria conducida abiertamente por los sindicatos convertidos en instrumento de la política imperialista.

Nuestro partido, es cierto, puso a la orden del día el problema de los Consejos en el momento de mayor fermento entre los obreros de fábrica, cuando éstos, con las armas en la mano, se hacían la ilusión de poder resolver sus intereses de clase y de tomar en sus manos su propio destino obedeciendo a la sugestión nacional-comunista (15) de la guerra democrática de liberación y de la destrucción del fascismo que había de cumplirse en el marco del Estado capitalista y sin tocar el régimen de la propiedad privada. La ofensiva ascendente de las masas encontró sus límites más que en las exigencias estratégicas de la guerra aún no concluida, en la conducta abiertamente contrarrevolucionaria del PCI; y las condiciones objetivas que habían favorecido el retorno ofensivo de los obreros, si bien dieron motivo a afirmaciones de principio como la de los Consejos, en ningún caso se mostraron determinantes en el sentido de la creación de nuevos organismos de la lucha obrera.

Precisada así la fase histórica en la que los consejos pueden surgir y afirmarse, es evidente que solo cuando sean una realidad consistente y operante, y generalizada, aparezca la conciencia del poder proletario; el partido revolucionario sentirá que tiene el arma para la acción concreta de boicot al parlamento burgués.

Pero nuestro desacuerdo con los comunistas de Consejos se profundiza cuando el examen alcanza el modo y el momento de dar vida a los organismos de masa, sus relaciones con los sindicatos tradicionales, y su constitutiva incapacidad de asumir el papel de dirección revolucionaria que históricamente es propio del partido de clase.

Parece extraño que justamente en la parte constructiva de sus tesis Pannekoek se pierda en una visión futurista en la que la lírica sustituye a la dialéctica y el amor a la tesis hace olvidar que la historia de las revoluciones es ante todo la historia del conocimiento de las posibilidades objetivas y del material humano, interdependientes entre sí en el plano de la acción revolucionaria.

El panorama de esta segunda posguerra no da lugar, en verdad, a vuelos líricos cuando se trata de considerar las condiciones del proletariado internacional y las posibilidades mismas de recuperación de su lucha.

El capitalismo aparece hoy todopoderoso en su tentativa de organización unitaria y mundial de su economía, no por haber encontrado en sí mismo la capacidad de resolver su crisis, sino por haber sabido doblegar una vez más a su política imperialista y a su guerra las fuerzas del trabajo, maniobrando al Estado Mayor de los partidos obreros de vasto radio de influencia entre las masas. Se ha determinado así la paradójica situación en la que encontramos a las fuerzas activas de la política obrera en la base de la guerra y de la reconstrucción; los partidos de tradición obrera están ya soldados al Estado imperialista, y los sindicatos más aún que los propios partidos. Y la nota saliente de esta posguerra, este dato de hecho, es el punto del que hay que partir para comprender y realizar una política de clase.

Los obreros, en su inmensa mayoría, siguen creyendo en el sindicato como organismo tradicional de defensa de sus intereses; y una astuta política corporativa y una bien disimulada utilización en el plano parlamentario y gubernamental de las agitaciones sindicales por mejores salarios o contra el desempleo han reforzado en ellos esta ilusión. E incluso cuando condiciones particulares los empujan a agitaciones espontáneas que los enfrentan abiertamente a la dirección de los sindicatos, a la tregua salarial y a la política de la paz social, son en última instancia todavía los sindicatos los que entran en lo vivo de la agitación y toman su dirección, con el resultado cierto e inmediato de remolcar a los indisciplinados y reconducirlos, dóciles y escarmentados, al camino del deber, tal como lo impone la superior y patriótica necesidad de la reconstrucción de la economía nacional.

Mientras los obreros crean en este sindicato y en los partidos de masas que lo monopolizan, dato objetivo que expresa la situación general de reflujo del movimiento obrero, pensar en la creación del sindicato revolucionario es lo mismo que querer atrapar nubes; y en esta condición la propia consigna de destrucción del sindicato es una simple toma de posición polémica que no va más allá de los acostumbrados motivos de propaganda.

Corresponde ante todo a la crisis insanable que va quebrando los riñones al capitalismo decadente la tarea de madurar los motivos que están en la base de la lenta transformación de la conciencia colectiva de las masas en sentido antimperialista; y ésta es la condición fundamental, dialéctica, de la que brotará el impulso hacia la construcción de nuevos organismos de masa capaces de cumplir el cometido histórico de llevar al plano de acción del partido de clase y del ataque revolucionario todas las fuerzas del trabajo.

No sabemos cuándo podrá ocurrir, pero sabemos que ocurrirá y que esa es la dirección de nuestro trabajo cotidiano. Entretanto, no debemos dar la espalda a la realidad, por dura y amarga que sea, sino trabajar dentro de ella, tomando como palanca lo mejor de ella para crear desde ya, junto a las premisas ideológicas y políticas, las físicas y, donde sea posible, también las organizativas, de cara a la reanudación del conflicto de clase. Caminar con las fuerzas, aunque escasas, que hoy expresan la fractura de clase; ampliar el radio de su influencia; saltar con ellas a la cabeza de las agitaciones espontáneas; orientarlas hacia el plano de la lucha general y política del proletariado, significa trabajar con el material humano y con las modestas posibilidades que ofrece el actual curso histórico del capitalismo; significa trabajar sobre la línea del marxismo revolucionario.

Los comunistas de Consejos están sobre esta línea y se han dejado llevar por la fácil euforia constructiva, ideando una especie de «élan vital» revolucionario que se originaría en los movimientos espontáneos de las masas, pasaría por la experiencia de los comités de huelga y su generalización en un movimiento unitario, para concluirse en la época de los Consejos.

Consideramos una virtud del revolucionario saber lo que en situaciones dadas es necesario hacer; pero ¡ay del revolucionario que ignora o finge ignorar lo que en la misma situación no se debe hacer! Y lo que hoy no se debe hacer es concebir en teoría, en el vacío, dada la evidente imposibilidad de poder construir en concreto.

Ciertamente, las agitaciones espontáneas de las masas que han ocurrido y ocurrirán al margen de su propia dirección sindical, y contra ella, constituyen una experiencia nueva e interesante, aunque aún en una fase inicial y de carácter extremadamente episódico. Pero solo si a su dirección se pone un organismo sólida y firmemente anclado a la empresa y al sindicato, con fuerzas obreras que estén o no sindicalmente afiliadas, y bajo la acción estimulante de los grupos internacionalistas de fábrica dirigidos por el partido de clase, las agitaciones espontáneas podrán ser canalizadas y potenciadas en el plano de la lucha revolucionaria.

Sin embargo, si los comités de huelga se presentan como la resultante de un acuerdo temporal entre representantes de oposiciones sindicales demasiado variadas y genéricas, y de agrupamientos políticos ineficaces e inoperantes, cuando no ligados directamente a la política imperialista, como en el caso de los trotskistas, no son, en definitiva, más que expedientes organizativos de base oportunista; viven, casi por fuerza de inercia, la fase ascendente de la agitación, sin una fuerte idea directriz y sin método, y son barridos por el brusco retorno de la dirección del sindicato reaccionario. Y toda experiencia hecha sobre esta directiva se cierra generalmente en pérdidas. Hay que convenir, pues, en que los Consejos no serán en ningún caso la resultante de una suma de experiencias negativas.

Pensamos que sería desnaturalizar el cometido que la historia de las luchas revolucionarias ha confiado a los Consejos el considerarlos a la manera del sindicato, es decir, aptos para retomar su función normal, si acaso bajo el signo de una postulación revolucionaria.

En la hipótesis de que la organización de los consejos pudiera, en la fase actual del movimiento obrero, ocupar el lugar de los sindicatos tradicionales, no realizaría mucho más ni mucho mejor, por la razón de que no es la organización particular la que crea la condición de la lucha revolucionaria, sino que será el modificarse de la situación objetiva en sentido revolucionario lo que dará a la organización la posibilidad de operar y de realizarse en el plano de la conquista de clase. Se movería prácticamente entre un abstraccionismo teórico y una realidad de vida sindical de horizonte breve, contingente, reivindicativa, sustancialmente reformista, con el único resultado de desacreditar en la conciencia del proletariado las posibilidades futuras de un organismo surgido del crisol de las luchas obreras, y perjudicaría seriamente el papel que le ha confiado la historia reciente de las conquistas revolucionarias del proletariado.

El sindicato, tal como es, representa una exigencia histórica y vital del Estado imperialista; por eso vivirá por entero la existencia de este Estado, y será destruido con su destrucción. Solo entonces los obreros estarán en condiciones de tomar en sus manos su destino; pero que esté bien seguro el camarada Pannekoek de que no serán ya tan ingenuos como para solazarse con la democracia de empresa y de fábrica: operarán en el plano de la violencia revolucionaria, porque del Estado al sindicato, de la iglesia a la fábrica, todo, en cuanto incrustación secular del capitalismo, tendrá que pasar bajo el rodillo compresor de la dictadura comunista (16).

-Onorato Damen

Notas

(8) En los Países Bajos, en 1907, surgió dentro del Partido Obrero Socialdemócrata (SDAP) un grupo de revolucionarios marxistas en torno a David Wijnkoop. Publicaban el periódico De Tribune (de ahí el apodo de tribunistas) y se oponían a la dirección reformista del partido encabezada por Pieter Jelles Troelstra. Los tribunistas fueron expulsados al poco tiempo y fundaron entonces el Partido Socialdemócrata (SDP) en 1909. En 1918, el SDP se rebautizó como Partido Comunista de Holanda (CPH) y en 1919 se afilió a la Internacional Comunista. Pannekoek y Gorter colaboraban ambos en De Tribune, pero se separaron del CPH en 1920.

(9) En los años sesenta y setenta, el término operaismo (obrerismo) pasó a asociarse con grupos como Quaderni Rossi y Lotta Continua. Escribiendo en los años cuarenta, Damen lo usa para referirse a la Izquierda Comunista Germano-Holandesa.

(10) Lenin publicó La enfermedad infantil del «izquierdismo» en el comunismo en 1920, que fue luego distribuido entre los delegados al II Congreso de la Internacional Comunista. En 1921, Gorter respondió con su Carta abierta al camarada Lenin.

(11) Georges Sorel (1847-1922) fue un pensador francés que influyó en una parte del movimiento sindicalista. Rechazaba la política parlamentaria en favor de la revolución violenta por medio de la huelga general.

(12) Karl Liebknecht (1871-1919) pertenecía a la izquierda del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD). En 1912 fue elegido diputado al Reichstag, donde se opuso públicamente a los intentos de aumentar el gasto militar. Tras el estallido de la guerra, intentó continuar su oposición antibélica pese a las presiones de la dirección del SPD. En la sesión parlamentaria del 2 de diciembre de 1914, Liebknecht fue el único diputado que no aprobó el nuevo empréstito de guerra. Junto a Rosa Luxemburgo se convirtió en una figura clave de la Liga Espartaquista. El 1 de mayo de 1916 dirigió en Berlín una manifestación antibélica y fue procesado por traición por gritar «¡Abajo la guerra! ¡Abajo el gobierno!». Su padre, el político socialista Wilhelm Liebknecht (1826-1900), ya había sido procesado antes por traición por oponerse públicamente a la guerra franco-prusiana en 1870.

(13) En octubre de 1923, militantes del Partido Comunista de Alemania (KPD) entraron en gobiernos de coalición con el SPD en Sajonia y Turingia. Era un paso preparatorio de una insurrección que luego no llegó a materializarse, pues el SPD amenazó con abandonar la coalición si se declaraba una huelga general. Pronto las tropas gubernamentales ocuparon Sajonia y disolvieron por la fuerza al gobierno allí, mientras que en Turingia el gobierno dimitió voluntariamente. Todo el episodio fue un intento de poner en práctica las nuevas tácticas del «frente único» y del «gobierno obrero» propugnadas por la Internacional Comunista. Véase también a Damen sobre el «Octubre alemán»: leftcom.org

(14) En aquella época, tanto Damen como Bordiga usaban el término «leninista» como sinónimo de «revolucionario», puesto que no atribuían a Lenin personalmente la contrarrevolución. Hoy tendemos a no usar la etiqueta, porque crea más confusión que claridad. Véase: leftcom.org

(15) Es decir, estalinista.

(16) Damen se refiere aquí, por supuesto, a la dictadura del proletariado, no a la dictadura del partido. Véase de nuevo la Plataforma de 1952 del PCInt: leftcom.org

Saturday, October 3, 2026